El Adviento, el don de la esperanza regalada

  • image003

“La presencia de Dios en nuestra vida nunca nos deja quietos, siempre nos motiva al movimiento. Cuando Dios visita, siempre nos saca de casa. Visitados para visitar, encontrados para encontrar, amados para amar (Papa Francisco, 22 septiembre 2015, Santiago de Cuba)

  El Adviento, el don de la esperanza regalada

 En su momento fue una noticia que conmocionó a nuestro mundo e hizo que nuestras miradas se giraran como una respuesta inmediata y solidaria, cercana. Cuando se cumplen ya casi medio año de la catástrofe, hoy, Nepal interminables de reconstruir un paisaje aparentemente humano donde la vida pueda sostenerse y surgir de los escombros. Quizás, su eco haya desaparecido de nuestras mentes en el olvido, pero aún sigue latente los clamores silenciosos que envuelven a todo un pueblo huérfano, desolado, dejado a su suerte.
Con todo, la vida sigue. En verdad, las auténticas historias son narradas en los escenarios anónimos de la proximidad, o, como dice el papa Francisco, historias con sabor a ternura y alegría: «Nuestra revolución pasa por la ternura, por la alegría que se hace siempre projimidad, que se hace siempre compasión -que no lástima, es padecer con, para liberar- y nos lleva a involucrarnos, para servir, en la vida de los demás». Son historias de coraje y superación que dan hondo sentido a las conquistas de cada día, con rostros concretos, que se agarran, con firmeza, a la esperanza prometida.
Como muchas otras, es la historia de Ansu, una niña nepalí, de ocho años, y de su amigo Kismat, de la misma edad, con parálisis cerebral, y que residen en un centro de acogida de niños discapacitados en Hetauda, a unos 80 kilómetros de Katmandú. Cuando sea mayor, Ansu quiere ser enfermera o médica.
Fue el 12 de mayo. La tierra tembló por segunda vez en el pequeño pais. Los niños y voluntarios residentes del centro de acogida se precipitan corriendo al patio, menos Ansu, que decidió correr en dirección contraria, hacia el interior del edificio, en búsqueda de su gran amigo Kismat. Él, sí solo, no iba a poder salir, y así:

«Pese a que el suelo temblaba bajo sus pies, Ansu agarró al niño de los brazos y lo sacó a rastras de su cuarto para evitar que muriese si se derrumbaba el edificio. La escena se producía ante la mirada atónita de voluntarios y enfermeras… Para quienes conocen a Ansu no fue tanta la sorpresa. A su corta edad se ha convertido en una madre para Kismat, a quien carga en brazos muchas veces a pesar de que apenas puede con él. Le da de comer y lo cuida… La niña le dispensa la atención maternal que ella nunca recibió….»1.

Una parábola de hoy, esculpida en la pastoral de los abrazos. Unos ojos profundos, iluminados, de mirada penetrante y trasparente, inocente y audaz, avizores a las mil y una situaciones imprevisibles que reclaman su activa escucha. Estrechado contra su pecho, acurrucado, como un miembro más de su pequeño cuerpo, su amigo Kismat, el tesoro que configura la semblanza evocadora de su historia. Frente a frente, unos rostros confidentes, respetuosos, «bienaventurados» y agraciados, que susurran, sin palabras ni parálisis, la calidez de una vida acogida, sostenida y abrazada sin medida. Para ambos, unívocamente, los sueños y la realidad es lo mismo: El sencillo arte de vivir como hermanos2.
¡Todo un canto a la vida! ¡Un canto de amor! No hay otra definición más cierta y bendecida de la fraternidad. Nada ni nadie le frenará en su empeño de salir en ayuda de su hermano. Así es. En Kismat, su amigo para siempre, Asun ha encontrado el sentido más profundo y genuino de su vida, la expresión más valiosa de su humanidad.

Dios sale a nuestro encuentro y nos abraza

Nos apresuramos a vivir el Tiempo litúrgico del Adviento. Toda una pedagogía de la esperanza cristiana que nos introduce, a corazón abierto, en la pastoral del Encuentro, y nos invita a hacer memoria agraciada del misterio de nuestra humanidad: una historia abrazada, amada y acompañada por la ternura de nuestro Dios.
Sí. Nuestro mundo necesita hoy estas historias cercanas que saben a abrazos, donde se hace visible y ofrenda la esperanza. Historias que van a contracorriente, en camino y en salida, implicadas en el latir de la búsqueda de un mundo mejor, posible, humano y hermano. Historias que van directas al corazón de un mundo que clama por la vida y se hacen eco del mismo corazón de Dios, de sus entrañas de misericordia.
El Tiempo de Adviento nos revela el rostro materno del Padre que viene a hospedarse en nuestra tierra. Es el misterio del abrazo sostenido y sostenible que estrecha, con ternura, nuestra debilidad y engrandece la dicha de nuestra fraternidad universal. Es el tiempo privilegiado de la esperanza prometida que nos abre el camino a la Novedad, con los brazos extendidos, dispuestos a la acogida, y con los pasos en salida hacia los hermanos y hermanas olvidados. Y, sencillamente, porque Él nos amó primero.
Así, nos lo recuerda el Papa Francisco: «Salir, por todas partes, sabiendo a quien le pertenece nuestro corazón y a quien llevamos en él. Dios es el único capaz de colmar el corazón humano. No son nuestras fuerzas, ni nuestros planes, ni nuestros métodos o estrategias. No somos nosotros los que convertimos o renovamos. Él nos amó primero, nos primereó en el amor. Lo nuestro es, colaborando con su gracia y en su nombre, poner todo lo que somos y tenemos al servicio del Evangelio, saliendo por todas partes, felices de sentirnos elegidos y dichosos de poder compartir con otros, la alegría del Evangelio” (E.G.112)

El Adviento, un camino para abrazar

Asun, la niña nepalí, nos ha indicado dónde se encuentra el tesoro apreciado de toda vida. Sin dudar, ante la confusión de todos, se puso en camino y se convirtió en la esperanza de su amigo Kismat. Lo abrazó, y, con la ternura de una madre, lo estrechó contra su pecho3.
Os invito a que este tiempo de Adviento sea un espacio de camino acompañado con nuestras gentes, que nos hagamos peregrinos “anónimos” y prójimos, y les ayudemos a describir, con nuestras vidas, la historia creíble de un nuevo mundo que ya llega.
Nuestro Adviento es un tiempo para:
  • “No dejar escapar la vida”.- Vivamos este tiempo de Adviento como espacio de gracia para redescubrir la fuente inagotable del amor de los hermanos y hermanas, y asimismo, dar gracias por el don de cada uno como el tesoro más preciado en nuestros proyectos. Tiempo para afianzar y revitalizar nuestras esperanzas en el mundo que nos ha tocado vivir y en Dios Padre que se encarna en nuestra humanidad.
  • Crear espacios y tiempos de hermanos y hermanas en el camino común. Espacios y tiempos de diálogos cómplices y fraternos en búsqueda del sentir y latir de que otro mundo es posible: el mundo de Dios. Allí donde parece que todo es infecundo y oscuro, allí nos tiende su mano y nos ofrece sus entrañas maternas, nos sostiene y nos invita a salir a toda prisa a su encuentro, al encuentro de nuestro mundo para gritar, proclamar y ofrecer la esperanza profunda que nos habita. ¡Es tiempo de abrazos!
  • Contar nuestras vidas al calor de Quien nos convoca y nos provoca. Nuestro Dios es un Dios que nos acompaña, que no huye de nuestras historias de dolor y desesperanzas. Él se hace ESPERANZA concreta en nuestras huidas, se hace “HUÉSPED” en nuestras encrucijadas. Nuestra historia humana es historia común de salvación, es la única historia de Dios. Somos portadores encantados y responsables de esta historia de profunda humanidad.
  • «Desgarrar nuestros corazones”, muchas veces insolidarios e insensibles, incrédulos, que nos apartan de la exclusiva misión a la que somos llamados: creadores y partícipes de un mundo más humano, más fraterno, signos concretos de la humanidad de Dios: amar con entrañas de misericordia.
  • “Hacernos anfitriones de una gran mesa compartida”. En los caminos, salid e invitad a nuestros prójimos a quedarse y compartir el “ardor de nuestros corazones”. La hospitalidad es signo fecundo de nuestra espera. Dejemos atrás las incomprensiones y los relatos de huidas desconfiadas, y extendamos la “cuerda” de la esperanza que nos lleva a visualizar un horizonte abierto a la novedad creativa, porque todos, juntos, podemos, en el compartir y partir el “pan” de nuestras promesas, hacer realidad los sueños de UNA CASA DE TODOS. La esperanza es un bien comunitario, y tiene sentido -se hace realidad- cuando es un sueño común.
Abramos puertas y ventanas a esta esperanza4, y oteemos juntos los caminos que nos llevan a la alegría contagiosa de la Buena Noticia. ¡Jesús nace entre nosotros! Que esta sea la fuente donde brote nuestra solidaridad compasiva y nuestra misericordia fraterna. Sólo es posible en lo concreto y real de nuestras relaciones samaritanas. ¡Este es nuestro proyecto común que nos convoca en comunidad!
Que vivamos un Adviento en camino, generoso en humanidad y fraternidad .
En común unión de corazones y oraciones.

firmahnojuan

Juan González Cabrerizo

Visitador Auxiliar Distrito ARLEP

Sector Andalucía

Notas a pie de página

1Asier Vera, «La pequeña heroína de Nepal», en el Magazine XL Semanal ABC, nº 1444 (28 de junio al 4 de julio 2015), pp. 40-44.

2 «Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el Reino de Dios» (Mc 10, 14) Creo que este texto evangélico nos introduce en la clave fundamental de todo seguidor, de su vida de fe. ¡Y no más lejos de este testimonio que nos ha ofrecido la historia verídica de los dos amigos: Asun y Kismat! El

Reino de Dios no es una idea fija o una realidad concluida, sino que es una promesa, siempre en búsqueda, y que requiere de nosotros una total confianza. Por eso, la condición es acogerlo como lo acoge y expresa un niño, con un corazón gratuito, espontáneo, abierto, sencillo, que quiere ser amado. ¡Qué mejor expresión del Adviento!

3Asun y Kismat, una historia de salida y de acogida que nos ayuda a entrar en el espacio y tiempo del Adviento: Una camino de esperanza, un camino con sabor a misericordia y ternura, un espacio que nos brinda el impulso sanador de la humanidad auténtica y fraterna… La espera en el Señor, su Venida, nos ha de llevar a saborear este tiempo como un momento de expresión del amor de Dios. ¡Cuánto amor derrama en nuestro mundo! esta es la invitación que nos hace el Papa Francisco para este Adviento: «La salvación que se espera de Dios tiene también el sabor del amor… preparándonos a la Navidad, hacemos nuestro de nuevo el camino del pueblo de Dios para acoger al Hijo que ha venido a revelarnos que Dios no es sólo Justicia, sino también y sobre todo Amor… los cristianos estamos llamados a ser testigos de este Dios que es Amor… El poder del amor no retrocede ante nada, ni frente al cielo en convulsión, ni frente a la tierra en llamas, ni frente al mar embravecido...» (Papa Francisco, Homilía en angui, 30 de noviembre 2015). Así lo vivió Asun y Kismat. Y esta es la llamada que se nos hace en este Adviento.

4El viaje del papa Francisco a la República Centroafricana ha sido toda una profecía de Adviento. Quiere una Iglesia de puertas y ventanas abiertas siempre y para todos. Ha roto con todo y con todas las normas y expectativas, y ha simbolizado la apertura del Jubileo del Año de la Misericordia en la catedral de Bangui, abriendo la puerta a los más pobres, e invitándonos a «ser artesanos del perdón, especialistas de la reconciliación y expertos de la misericordia«.